Como el junco que se dobla…

En el ámbito de la ingeniería, la palabra resiliencia se utiliza para describir la capacidad de algunos materiales de recobrar su forma original luego de haber sido sometidos a una presión deformadora. La psicología toma prestado este término para elaborar su propia conceptualización de resiliencia. Una de las definiciones es la brindada por Grotberg (1995), quien la describe como la capacidad humana universal para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas e incluso ser transformados por ellas.

Algunas personas logran superar condiciones adversas, inclusive logrando transformarlas en una ventaja o un estímulo para el  propio desarrollo. Incluso se logran desarrollar competencias a pesar de haber atravesado situaciones desfavorables en algún momento del desarrollo personal.

Lo que cada uno de nosotros llama condición desfavorable o adversidad va a depender en gran medida del contexto cultural y social que habitemos y de la evaluación personal de la misma. Para diferentes personas una misma condición puede ser percibida de diferentes maneras, dando posibilidad a la aparición de diversas estrategias de afrontamiento y acción. 

La capacidad de resolver y sobrellevar es propia por lo que no se puede negar el factor individual (en su relación contextual) al momento de poder desarrollar una “personalidad resiliente”

Y dada esa relación continua entre lo individual y lo social es que no podemos caracterizar a la resiliencia como un proceso estable y que se da una vez y para siempre, sino como un proceso dinámico.

Así es que debemos intervenir en aquellos aspectos que puedan resultar paralizantes o bien que impidan alcanzar el máximo posible de potencial dentro de cada fase de desarrollo de las personas. 

La resiliencia se mueve entre dos polos:  la resistencia a la destrucción y la capacidad para reconstruir(se) sobre los escombros de lo destruido, o factores de riesgo y factores protectores. Estos dos polos se presentan casi de manera conjunta o sucesiva logrando advertir y/o prevenir el factor de riesgo poniendo en marcha o al menos teniendo en mente los factores y mecanismos protectores que logren crear en las personas los procesos de transformación.

Diversos estudios han demostrado que ciertos atributos de las personas tienen un impacto positivo en la posibilidad de ser resiliente como por ejemplo la autonomía, relaciones interpersonales de calidad, grupos de afectos acompañantes, buen humor, optimismo, capacidad para hacer planes realistas y seguir los pasos necesarios para alcanzarlos, una visión positiva de sí mismos y del mundo, buena capacidad de expresarse y comunicarse, regulación de emociones, control de impulsos, empatía, sentido de la adaptación, coherencia, entre otros.

Es importante destacar en el proceso de la resiliencia la capacidad de proyección a futuro, poder darle un propósito y un futuro a uno mismo. Esto conlleva la capacidad de poder visualizarse desde la motivación a uno mismo en una posición distinta a la actual, con metas y objetivos a corto, mediano o largo plazo; a medida que esto se va logrando, uno puede sentir la gratificación por la cercanía a aquello que se anhela ayudándonos a percibir un futuro mejor, más prometedor y sobre todo posible.

La American Psychological Association explica que la resiliencia no es una característica que la gente tiene o no tiene, incluye conductas, pensamientos y acciones que pueden ser aprendidas y desarrolladas por cualquier persona. 

Ser resiliente no implica un camino lleno de augurios y éxitos, por el contrario, implica experimentar y atravesar angustias, dificultades, dolores emocionales y tristezas pero su resultado permite sobrellevar de una forma más saludable la vida misma.

La resiliencia ha sido tomada por la Psicología Positiva como concepto central de desarrollo. Esta ha sido definida por Seligman y Csikszentmihalyi  como “una ciencia de la experiencia subjetiva positiva, rasgos individuales positivos e instituciones positivas que permiten mejorar la calidad de vida y prevenir las patologías que surgen cuando la vida es árida y sin sentido”. 

La psicología positiva insiste en la construcción y desarrollo de competencias, habilidades, recursos, en su promoción y prevención de la salud mental. Así se trabaja desde el bienestar, la salud, las emociones, la gratitud, entre otros conceptos nodales de este campo.

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conócenos

Munist, M. y Otros (1998) Manual de identificación y promoción de la resiliencia en niños y adolescentes. OPS.Páginas 8-23