Empecemos con un pequeño ejercicio. Detengámonos 5 minutos y pensemos en actividades que nos generen bienestar. Cerremos los ojos si es necesario traerlas a la mente ¿Ya las tienen? Seguramente sonriamos cuando los recuerdos aparezcan. Respiramos profundo. Relajamos el cuerpo. Y con esta sensación de bienestar, los invitamos a disfrutar.
Probablemente, nuestra mente recién ha viajado a través de imágenes hacia experiencias como descansar en una playa paradisíaca, comer algo sabroso cuando tenemos un antojo, dormir después de una jornada agotadora. O no. Tal vez, se ha animado a más.
El placer es un sentimiento de satisfacción que uno logra cuando la información en la conciencia nos dice que hemos conseguido cumplir con expectativas, ya sea por nuestra biología (dormir, comer) o por mandato social (viajar, ir de compras) Estas experiencias son nuestro fichero mental cuando necesitamos una palmada de alegría o una meta a conseguir y son importantes al momento de ordenar nuestra consciencia con respecto a las propias experiencias y a la vida misma. Y aunque es un componente importante en la calidad de vida, el placer por sí mismo no trae la felicidad. Nos ayuda si a mantener un orden pero estas experiencias no crean un nuevo estatuto en la consciencia. Entonces, demos un paso más.
Cuando la gente recuerda qué es lo que hace que su vida sea más agradable, tiende a convocar experiencias que se superponen con aquellas que dan placer pero merecen una categoría aparte: la del disfrute.
Cuando hablamos de placer vamos por el carril de lo tangible, en cambio, cuando hablamos de disfrute podemos hablar de todas estas experiencias y un algo más que nos deja una sensación de novedad o de realización más allá de haber alcanzado una expectativa o deseo cumplido; nos impone un orden mental y una dimensión en la consciencia. Es esa sensación que nos queda por ejemplo, después de una negociación ardua, donde uno puso lo mejor de sí mismo y más, desafiando las propias capacidades y sacando a la luz nuevas o renovadas que creíamos dormidas o inexistentes. Es esa actividad que ya hicimos 40 veces, pero esta vez nos incluye de una manera distinta, descubriéndonos novedosos en una conducta, en un pensamiento, en una habilidad que hace que esa actividad nos involucre tan íntimamente que a la vez nos trascienda. Es estudiar para un examen, pasarlo bien, muy bien y sentirse exitoso, no solo por lo aprendido sino por el orgullo que conlleva saber que se puede siempre un poco más.
El disfrute no significa que debemos pasarla bien en todo momento, pues sabemos que los desafíos implican incomodidades que debemos sortear: esfuerzo, vergüenza, frustración, intentos….mil y un intentos. Pero, después de lograrlo nos queda ese más allá de lo realizado desde donde hemos crecido: en algún punto nos queda la sensación de que nos hemos superado.
Una misma actividad nos puede generar placer y disfrute a la vez. No son excluyentes ni uno mejor que el otro. Sólo dejan diferentes ganancias. Porque uno puede sentir placer sin generar esfuerzo alguno pero el placer está ahí, lo sentimos, lo agradecemos. En cambio disfrutar corre por la vía de involucrarse a uno mismo, poner atención a lo que se está realizando. No podemos disfrutar un libro si no le prestamos atención a su lectura, como no podemos disfrutar una comida si no le ponemos atención a las texturas, los sabores, los colores más allá del placer que nos da comer algo sabroso.
El disfrute requiere que pongamos atención consciente y deliberada a lo que estamos haciendo, diciendo, escuchando, leyendo, pensando. Uno puede vivir sólo de experiencias placenteras claro, pero a nuestro entender uno debe vivir también de experiencias de disfrute, pues son ellas las que agregan complejidad al entramado de la personalidad de cada quien, agregando calidad y aprendizaje a las experiencias.
Cualquier actividad que contenga oportunidades para la acción o desafíos es suficiente para desarrollar el disfrute, aún las rutinarias. Pero no todas las actividades son para todos ya que lo que sí es condición es sentirse convocado por alguna de estas actividades y cuando se las realiza sentirse tan involucrados que resulta ser casi espontánea, dejando de estar conscientes de sí mismos para fusionarse con aquella actividad. Como si algo fluyera entre la persona y la actividad uniéndolos en un mismo y único momento. Por eso estas actividades de disfrute son las llamadas experiencias de flujo o flow, que describen el sentido de un movimiento sin esfuerzo.
En el flujo, no hay necesidad de reflexión, porque una acción nos lleva a otra acción. Las metas están claras y la retroalimentación (tener éxito en lograr la meta) es inmediata.
Una de las características más notables del flujo es la abstracción que tenemos cuando realizamos este tipo de actividades, donde es posible olvidar momentos o situaciones desagradables de la vida. Esto sucede así porque la actividad en sí misma requiere concentración en el presente no dejando espacio para cuestiones no relevantes a la misma y otorgando falta de preocupación por perder el control. En las actividades de flujo se puede experimentar algo así como una pérdida del tiempo. El tiempo también fluye.
No importa el resultado, el beneficio a futuro, no importa el tiempo insumido en ella, lo que realmente importa es el proceso de realizarla, volviéndose gratificante. Ella en sí misma es la recompensa. La actividad es sólo buena porque tiene ese potencial de enriquecer, intensifica e incrementa la fuerza y la personalidad de aquel que la ejecute.
Volvamos al ejercicio del principio. Volvamos a pensar en esas actividades que nos aportan bienestar, pero ahora hagamos el esfuerzo de pensar en esas actividades que también nos hacen crecer y expandirnos, a confiar en nosotros mismos y en el mundo que nos rodea, que nos hagan perder la noción del tiempo y que nos sigan haciendo sonreír. Porque no somos lo que nos sucede, somos lo que hacemos con eso que nos sucede.
Fuentes:
- Csikzentmihalyi, M (2000). Fluir. Una psicología de la felicidad. Editorial Kairós. Barcelona Capítulo 3: El disfrute y la calidad de la vida.
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